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viernes, 9 de septiembre de 2011

PRIVATE INVESTIGATION CAP 17

CHICAS UNA ADVERTENCIA HAHAHA CONTENIDO HOT :D.


—Mmm, eso es agradable —susurró miley mientras cerraba los ojos. Él no respondió al co­mentario, pero continuó obrando su magia.

—Sé que he hecho algunos comentarios sarcásticos sobre tu pericia como investigadora, miley —con gentileza le apartó el pelo y presionó los dedos pulgares sobre la nuca de ella—. Pero la verdad es que admiro lo que haces.

—Sí, claro —convino con una mueca—. He hecho mucho para que admires. ¿Qué es lo que más te gustó? ¿Sorprenderme debajo de la cama? ¿O cuando estuve a punto de caer de bruces so­bre la acera? —él le apretó los hombros—. Ay.

—Cállate y déjame terminar, ¿quieres? —indi­có con la boca cerca del oído de ella.

—De acuerdo —de repente el aire escaseaba. Así como la tensión se mitigaba en ciertas zonas, bajo su vientre comenzaba a acumularse otra cla­se de tensión.

—Piensa en ello,miley. Has hecho algo que la mayoría de la gente no tendría agallas de hacer. Le echaste un vistazo a tu vida, encontraste que le faltaba algo y cambiaste de rumbo. Dejaste tu antiguo trabajo...

—Me ofrecieron una cantidad para irme —corrigió. Nick volvió a apretar con más fuerza.

—Soy yo quien habla, ¿recuerdas? —ella asin­tió—. Dejaste tu trabajo... —hizo una pausa para comprobar si ella intervendría—... y seguiste el camino que te dictaba el corazón. Hiciste algo para lo que yo jamás tendría agallas.

Giró la cabeza para poder verlo con el rabillo del ojo. La expresión de Nick era pensativa e inten­sa mientras continuaba el masaje.

—Pero tú tienes éxito en lo que haces... mu­cho, si no me equivoco.

—Tener éxito no es lo mismo que ser feliz — indicó.

Miley  se irguió.

—¿Te importa si me quito la camiseta? —in­quirió y siguió adelante antes de que él pudiera contestar. Era muy consciente de que no llevaba sujetador, ya que los odiaba y los evitaba siempre que podía. Desde luego, no había imaginado que mientras repasaba el caso en su antigua habita­ción de hotel iba a terminar en la piscina. Levantó las rodillas y esperó. Pasado un momento, sin­tió los dedos de Nick sobre su piel. Tembló al experimentar el contacto—. Dime,Nick jonas — continuó con suavidad—, ¿qué harías si pudieras elegir?

—¿Es la pregunta que tú te formulaste?

—Mmm.

—Es una pregunta peligrosa.

—Sí —sonrió—. Lo sé —él no respondió con palabras, pero las manos parecieron más calientes al masajearle los músculos con la destreza de un profesional hasta hacerla sentir demasiado relaja­da. Demasiado excitada—. ¿Y bien? —murmuró.

Los dedos le rozaron la parte lateral de los pe­chos y miley contuvo el aliento y un gemido de protesta cuando regresaron a la espalda.

—No lo sé —contestó al final—. He dejado atrás mi mejor momento para los deportes. Y tam­poco podría elegirlos si fueran una opción, no de­bido a mi rodilla.

—Y a mí me gustaría ser modelo, pero no he usado una talla treinta y ocho desde que tenía dos años.

Él rió entre dientes.

Miley sintió algo húmedo y caliente sobre la espalda y se dio cuenta de que la besaba entre los omóplatos. Nick se retiró y sopló sobre la zona que acababa de besar. Ella tembló y los pezones se le endurecieron contra las piernas.

—Podría decirte lo que me gustaría hacer aho­ra. Justo en este mismo instante.

—¿Qué? —miley encontró la voz, aunque es­taba convencida de conocer la respuesta.

—Llamar al servicio de habitaciones. No pude terminar de almorzar.

Miley echó la cabeza atrás y soltó una carcaja­da que a punto estuvo de tirarla de la cama. Nick la tomó por la cintura, le dio la vuelta y la pegó al colchón. Al instante ella dejó de reír y el corazón amago con escapársele del pecho. La tensión en el vientre había descendido para hacerla palpitar de necesidad por ese hombre que un momento conseguía que deseara darle un golpe y al si­guiente comérselo a besos.

—Mentiroso —susurró ella.

Nick se tumbó a su lado y apoyó la cabeza en la mano.

Los ojos de miley se posaron en la toalla que él aún llevaba a la cintura. Pensó en taparse con los brazos, pero decidió estirarlos por encima de la cabeza y arquear la espalda. Observó cómo la mirada de él se oscurecía al bajar a su cuello y luego a los pechos desnudos.

Nick alargó la mano libre y atrapó la punta del pezón entre los dedos pulgar e índice. Lo frotó con suavidad y luego tiró un poco. La espalda de miley se alzó del colchón en el momento en que una oleada de calor le inundaba la parte interior de los muslos. Él movió la mano al otro pecho y empleó la misma técnica del masaje para endure­cerle ese pezón. Luego se introdujo la punta del pecho más próximo en la boca y miley tuvo la certeza de que había muerto e ido al cielo.

De pronto no fue suficiente recibir. Quería to­mar. Una energía frenética la llenó hasta rebosar cuando lo sujetó de los hombros y lo clavó con­tra la cama, montándose a horcajadas sobre sus caderas. Lo besó con impaciencia mientras bajaba las manos a la toalla que le cubría la zona que más le interesaba.

Nick rió entre dientes.

—Funcionaría mucho mejor sin los pantalo­nes cortos.

Miley  se apartó, se quitó los pantalones y si­guió con los calzoncillos prestados al tiempo que él buscaba algo en la mesita de noche. Con el co­razón desbocado, comprendió que quería la car­tera para extraer un preservativo.

Iba a suceder de verdad. Iba a tener sexo con Nick jonas. El pensamiento bastó para hacer que se lanzara sobre él. Desde el primer momento en que sus pieles se tocaron en la habitación del hotel, miley había experimentado una atracción eléctrica.

—Santo cielo —murmuró nick, apartando los labios de la boca de ella para poder respirar. Ella le sonrió.

—Haz lo que tengas que hacer, porque no voy a esperar más.

Nick se puso el preservativo sin dejar de mirar­la. Pero cuando miley iba a colocarse encima, la hizo dar la vuelta para dejarla sobre el suave col­chón. La erección palpitó contra su cuerpo.

Ella no estaba preparada para el abismo de ne­cesidad que se abrió en la parte inferior de su ab­domen. Un anhelo ardiente que suplicaba, anhela­ba, ser llenado y que temió que nunca fuera a desaparecer. Se retorció contra él. nick le sonrió y le abrió los muslos con la rodilla para encontrar la fuente de su agitación con los dedos. Al instan­te ella dejó de moverse.

—Dios, estás encendida —murmuró, pasando los labios por su cuello y su hombro. Frotó con el dedo pulgar el montículo que tenía en la unión de los muslos, consiguiendo que de forma auto­mática ella levantara las caderas en busca de un contacto más firme—. Quédate quieta.

Fue como agitar un solomillo delante de un león hambriento y decirle que se quedara senta­do. Miley alargó las manos a sus caderas con el deseo de tenerlo dentro... en ese instante. Necesi­taba satisfacer el anhelo que crecía con cada lati­do.

—Para —murmuró nick, mordisqueándole la oreja.

Ella tembló y trató de girar la cabeza hacia su boca. Él sonrió y se apartó para mirarla.

—Eres cruel —musitó miley.

—Y tú estás encendida.

Deslizó la mano entre los dos para aferrar su erección y se maravilló de la extensión y el grosor.

—Y tú eres... grande —su intención había sido decir que él también estaba encendido, pero pri­mero se le había escapado esa otra palabra. Reci­bió un beso apasionado.

—¿Sabías que eres magnífica para el ego?

—Cállate y concentrémonos en el sexo.

Los dos rieron hasta que ella jadeó cuando Nick le introdujo dos dedos y le besó la boca abierta para introducirle también la lengua.

—Vaya. Estás tan... ardiente. Y estrecha.

Miley se mordió el labio inferior para evitar deshacerse.

—nick, si no...—en ese momento se metió den­tro de ella y llenó todo el vacío que había experi­mentado un momento antes—. Oh —murmuró, aunque la palabra salió como un gemido prolon­gado.

Él empezó a moverse. Lenta, deliciosamente. La fricción del pene dentro de miley la hizo es­tremecerse y alzar las caderas para salir al en­cuentro de Nick  en vez de permitir que escapara.

Él gimió y volvió a embestirla. Ella le rodeó las ca­deras con las piernas y lo retuvo, sin importarle nada del mundo que había más allá de la cama ni del lamentable estado de su vida, con el único de­seo de que las sensaciones que bullían en su interior no la abandonaran jamás.

Luego él se retiró en casi toda su extensión y volvió a penetrarla hasta que las emociones se ampliaron a la enésima potencia. La siguiente vez que se retiró, Ripley lo dejó ir sin oponer resis­tencia, convencida de que sabía lo que hacía. La embistió una y otra vez hasta que ella se acopló al ritmo, para contraer y relajar los músculos de las piernas mientras le clavaba los dedos en la es­palda a la vez que la erección de él alcanzaba puntos de placer que desconocía que existían.

—Es tan... maravilloso —susurró miley sobre su boca.

Él murmuró algo que ella creyó que eran mal­diciones y aceleró la velocidad de los embates. Miley jadeó y agarró la manta a ambos lados para tratar de conseguir que el mundo dejara de dar vueltas.

Demasiado tarde. La explosión en su vientre fue tan abrumadora, tan hermosa, que alzó la es­palda del colchón para pegarse a la silueta súbita­mente quieta de nick.

Minutos más tarde, sintió como si el corazón pudiera escapársele del pecho. Apretó con más fuerza las piernas en torno a Nick al verse sacudida por otro espasmo. Él alzó la cabeza de donde la tenía enterrada en la almohada. Sonreía.

Ripley carraspeó.

—De haber sabido que me estaba perdiendo esto, te habría dejado salirte con la tuya la prime­ra vez que me metí en tu cama.

—No, no lo habrías hecho —la besó.

—Tienes razón —le acarició la espalda con dedos lentos—. Pero es agradable pensar que sí, ¿verdad? —sintió la erección de Nick en su interior y la sonrisa de él le indicó que no era un movi­miento involuntario.

—Creo que hacerlo lo supera.

Al acariciarle el pelo húmedo y pegar las cade­ras a las suyas, se desvaneció toda risa.

—Creo que tienes razón —ella sonrió.

Nick ladeó la cabeza y le besó la comisura de los labios.

—Sabía que tarde o temprano ibas a pensar lo mismo que yo —comenzó a retirarse y ella se ele­vó otra vez—. Me alegro de que fuera más bien temprano...

PRIVATE INVESTIGATION CAP 16

HOLA QUERIDAS LECTORAS , ESPERO QUE ESTEN MUY BIEN  AQUI LES DEJO 2 CAPS Y ESPERO QUE LOS DISFRUTEN PERO ANTES : GRACIAS SARI HERMOSAAA  POR TODO YO TAMBIEN TE QUIEROO Y TE EXTRAÑO Y GRACIAS MARI ERES UNA SUPER PERSONA GRACIAS POR TU APOYO :D Y A TODAS MIS SISTERS DIVINAS LAS EXTRAÑO MUCHO :(.


Miley llamó brevemente a la puerta de la ha­bitación del hotel, luego se recordó plantarse con los hombros erguidos ante la mirilla. Un momen­to más tarde, la puerta se abrió y contempló a nick, recién duchado, con una toalla en torno a sus caderas estrechas y los abdominales sobresalien­do en magnífico relieve. Se dijo que era hermoso en el mar de confusión que la rodeaba.

—¿Vas a pasar o qué? —preguntó él, haciéndo­la entrar por la muñeca. Miró a ambos lados del pasillo y luego cerró.

Miley lo odió por poder paralizarla con tan poco esfuerzo. De hecho, sin ninguno. No había hecho más que plantarse allí como un dulce reclamando ser devorado para que su cerebro deja­ra de funcionar.

Fue hasta la cama grande, se dejó caer en ella y soltó el bolso a sus pies, doloridos de tanta ca­rrera que había realizado en la última media hora... primero tras Nicole Bennett y luego al ale­jarse de los tres matones que la perseguían por motivos que solo Dios conocía.

Por suerte, ella los había visto antes y había te­nido tiempo de ocultarse con Joe en la tienda de antigüedades que había junto a la de empeño; allí aguardaron hasta que los tres hombres pasaron de largo en el coche.

Luego Nick los había llevado al hotel que sería su nueva morada. Ella había insistido en bajarse en la esquina para que no los vieran juntos más de lo que fuera absolutamente necesario, le ha­bía dado tiempo a registrarse y llegar a su habita­ción antes de llamarlo por el móvil robado. nick le había informado del número de habitación y ahí estaba.

Sentía el inicio de un profundo dolor de cabeza.

—¿Estás seguro de que nadie puede relacionar tu nombre con el de la habitación?

—Completamente —sonrió—. Probablemente no quieras oírlo ahora, pero sin duda podrías co­rrer mejor si tuvieras los zapatos adecuados.

—Oh, fantástico —miley miró el techo—. Ahora intenta venderme zapatos.

—Es lo que hago —se encogió de hombros—. Pégame un tiro si quieres.

—No me tientes —musitó.

De hecho, tenía más ganas de pegarse un tiro ella misma. «Quieta». Todavía no podía creer que le hubiera gritado eso nada más verla fuera de la tienda. ¿Quién se había creído que era? ¿La Mujer Policía? Se tumbó en la cama y gimió. Probable­mente había estropeado su primer caso. Quizá su madre tuviera razón. Tal vez aún la aceptaran en su antiguo trabajo. Si les ofrecía dinero y entraba de rodillas, quizá la contrataran de vuelta sin ha­cer preguntas.

Sintió unas manos en los pies. Calientes y fuer­tes. Se sentó de golpe y miró boquiabierta a nick, en cuclillas junto a la cama.

—¿Qué haces? —susurró, cuando su intención había sido hablar con voz normal, pero se lo im­pidió que él le quitara la sandalia y pasara un dedo por su sensibilizado arco.

Nick le sonrió y luego deslizó los dedos por la extensión de su pie. Ella jadeó al experimentar un escalofrío.

—¿Qué sucede,miley? ¿Tienes cosquillas?

No habría podido decirlo. Nadie había intenta­do hacérselas con anterioridad. Sus padres nunca se habían mostrado muy propensos a los contac­tos físicos. Y desde luego, ninguno de sus amigos se había acercado a sus pies. Tragó saliva.

—Tengo pegada la mitad de la suciedad de las calles de Memphis. ¿No te... mmm... molesta?

Él le quitó la otra sandalia y le masajeó los pies.

—¿Qué es un poco de suciedad entre amigos?

—¿Amigos?

—Sí. Me gustaría pensar que eres mi amiga.

Amigos.

Miley se quedó quieta, sin quitarle la vista de encima, hipnotizada.

—¿No vas a... eh... burlarte de lo que pasó? — preguntó, sin gustarle la densidad de su voz. Sona­ba demasiado próxima a las lágrimas para su gus­to. Y lo último que deseaba era llorar. Sí, había estropeado su primer caso como detective, pero eso no significaba que debiera arrojar la toalla. O quizá era uno de esos casos en que el destino quería decirle algo, aunque no sabía qué.

—Estás más tensa que un cordón —murmuró nick.

—Tú también lo estarías si hubieras encontra­do a la persona que buscabas para volver a per­derla.

—Al menos la encontraste.

Sí, tuvo que reconocer que eso era verdad. Ha­bía encontrado a Nicole Bennett.

Parte de la sabiduría de Nelson Polk reverberó en su mente. «Los casos de personas desaparecidas son los más difíciles, en especial si la persona desaparecida no quiere que la encuentren. Considérate afortunado si encuentras a la mitad de las personas que buscas. Y que te paguen de antemano».

Sonrió. Si alguien tan experimentado como Polk tenía una media del cincuenta por ciento, entonces ella no lo estaba haciendo tan mal. La sonrisa se desvaneció. Se había sentido tan contenta de reci­bir su primer caso real, que no había seguido su consejo. Sí, le habían dado un adelanto de doscien­tos dólares, y cincuenta dólares en concepto de gastos, pero tal como iba el caso, no tardaría en quedarse sin blanca. Y al no disponer de medio al­guno para ponerse en contacto con su dienta, no albergaba esperanza de ver más dinero. De hecho, daba la impresión de que ya no tenía caso.

—¿A quién quiero engañar? —tragó saliva—. No estoy hecha para esto. Debería hacer la male­ta é irme a casa.

—¿A casa? —preguntó nick—. ¿Dónde está?

—En St. Louis —carraspeó y apartó el pie, in­cómoda por mostrarle su lado débil, aunque obra­ra milagros con su masaje—. ¿Y tú? —trató de desviar la conversación de ella, temerosa de que si hablaba de la posibilidad de abandonar, pudiera convertirse en realidad.

—Minneapolis —repuso nick.

Miley  apoyó los pies descalzos sobre el col­chón y pasó los brazos alrededor de las rodillas. Nick se reclinó contra la cama, aún en el suelo.

—¿De verdad quieres abandonar? —pregun­tó—. ¿Volver a casa?

Se encogió de hombros, sin saber muy bien qué quería hacer. Y a pesar de sus temores, descu­brió que necesitaba hablar de la situación.

—Parece lo único razonable y lógico. Quiero decir, la mujer que me contrató para encontrar a una persona desaparecida también ella ha desa­parecido. Lo que significa que si no logro locali­zarla no habrá dinero... y tampoco clienta —lo miró con la mejilla sobre la rodilla—. Luego está la cuestión de que no tengo interés personal por encontrar a Nicole Bennett. Aunque la hubiera frenado delante de la tienda de empeño, ¿qué ha­bría podido hacer con ella?

—Buena pregunta.

—Sí, pero poco satisfactoria —suspiró y giró la cabeza hacia el otro lado, lejos de Nick y cerró los ojos—. No sé. Quizá todo esto de convertirme en investigadora privada no sea más que un sueño en­gañoso. Lo único que sé hacer con cierto grado de pericia es responder llamadas de teléfono y meca­nografiar los informes de gastos de otros. Y es pro­bable que lo que estudié de informática ya haya quedado obsoleto —se mordió el labio—. ¿En qué estaría pensando? —sintió que el colchón se movía y supuso que Joe se había sentado a su lado.

—Es interesante que hayas empleado la pala­bra satisfactoria —musitó.

Miley no se movió, no dijo nada, simplemente permaneció con la vista clavada en la pared del cuarto de hotel, tratando de no ser consciente del hombre magnífico y casi desnudo que tenía al lado.

—Últimamente he reflexionado en el hecho de que no estaba obteniendo mucha satisfacción de mi propia vida —continuó él.

Unos dedos se deslizaron por los hombros de miley y la hicieron temblar; se dio cuenta de que no estaba a su lado, sino detrás de ella. Y la tocaba.

—No sé. Supongo que llevo tanto tiempo avanzando a toda marcha que nunca me he dete­nido a preguntarme si era feliz.

Los dedos bajaron de los hombros a su espal­da, donde él le masajeó los músculos a través de la camiseta.

jueves, 8 de septiembre de 2011

:( I´M SORRY

HOLA CHICAS QUERIDAS :D ESPERO QUE TODITAS ESTEN MUY BIEN :D LES PIDO DISCULPAS POR NO HABER ENTRADO ANTES AL BLOG :( ESTOY MUY OCUPADA CON LA PREPA Y NO TENGO MUCHO TIEMPO PARA SUBIR CAPS :( .

PIENSO CERRAR EL BLOG :( . O PODRIA NO CERRARLO PERO TARDARIA EN SUBIR :(
ESPERO SUS OPINIONES , LAS QUIEROOOO UN MONTON BESOS BESOS.

lunes, 29 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATIONS CAP 15

HOLA CHICAS, ESPERO QUE ESTEN BIEN TODAS AQUI LES DEJO UN CAP Y SIENTO HABERME TARDADO TANTO EN SUBIRLO , AHORA ENTRE DE NUEVO AL COLE Y NO TENGO MUCHO TIEMO PERO SUBIRE CUANDO PUEDA.

LAS QUIERO UN MONTON A TODAS.


—Es que, bueno, en cinco años que llevo tra­bajando para usted, nunca había cancelado una cita.

Nick frunció el ceño. ¿Sería cierto? Se dio cuen­ta de que ni cuando pilló una gripe fuerte ni cuando su tía murió unos meses atrás había cancelado ninguna cita. Se frotó la nuca. Hizo una mueca.

—Entonces, ¿no cree que ya era hora de que empezara? —le preguntó a Gloria. Oyó una risa suave por la línea.

—Desde luego. Pero no iba a ser yo quien se lo dijera.

Hablaron unos minutos más y luego cortó. Miley extendió la mano con la palma hacia arriba. nick depositó el teléfono en ella y se preguntó cuánto tiempo podían sobrevivir las baterias en el plástico.

—¿Qué vas a hacer ahora con él?

—Tirarlo.

Después de observarla un rato, se obligó a to­mar el tenedor, pero cambió de parecer y llamó a la camarera.

—Llévese esto y tráigame lo mismo que a ella.

—Pero va a tener que pagar la ensalada.

—Desde luego —ignoró a la camarera y se concentró en miley—. Háblame de esa persona desaparecida.

—En realidad, no hay mucho que contar — mojó una de las patatas fritas en la salsa de barba­coa—. Su hermana me llamó antes de ayer y pidió una cita —sonrió—.Yo acababa de poner mi anun­cio en el periódico y fue la primera llamada que recibí. Bueno, técnicamente fue la segunda, pero la primera no cuenta porque no acepté el caso.

—¿Cuál era?

—Un hombre quería que le tendiera una tram­pa a su mujer.

—No te sigo.

Suspiró y agitó una patata frita.

—Sospechaba que tenía una aventura con otra mujer. Quería contratarme como señuelo. Pero primero tenía que echarme un buen vistazo para comprobar que pasaba la prueba.

—¿Bromeas?

—No —se llevó una patata frita a la boca y se limpió los dedos con la servilleta—. Pero la se­gunda llamada fue de Clarise, la hermana de Nicole Bennett. Había solicitado una cita en mi des­pacho, pero como mi despacho es mi apartamento hasta que pueda alquilar uno, le pro­puse vernos en su casa. Dijo algo de que su mari­do no sabía nada y quedamos en una cafetería. Me entregó una foto, la dirección más reciente y comentó que durante una visita reciente, Nicole le había robado algunas cosas.

—¿Qué?

—Plata... y también joyas, aunque hasta ahora lo único que ha vendido es la plata. Sí, lo sé, yo también quedé sorprendida. Quiero decir, ¿en qué mundo vivimos en el que ni siquiera puedes confiar en tu hermana? Me dijo que, por desgra­cia, Nicole siempre había tenido dedos largos y que no estaba preocupada por los objetos robados, sino que quería cerciorarse de que su herma­na se hallaba bien.

La camarera le llevó el plato y Nick se frotó las manos antes de dedicarse a comer.

—Fui al apartamento de Nicole, pero en reali­dad no era un apartamento... se parecía más a una habitación de alquiler. Y no daba la impresión de que hubiera estado allí mucho tiempo.

—¿Drogas?

—Es lo mismo que pregunté yo. Pero su herma­na me dijo que jamás había tenido conocimiento de que Nicole probara drogas. Y la gente a la que interrogué en el edificio coincidió en que había parecido una joven tranquila y nunca con aspecto drogado, así que... —se encogió de hombros.

—¿Cómo lograste rastrearla hasta aquí? —pre­guntó después de tragar un bocado de la carne más exquisita que había probado en mucho tiempo.

—Hice lo habitual. Ya sabes, comprobé el aero­puerto, las estaciones de tren, las empresas de al­quiler de coches... y no encontré nada. No fue hasta toparme por accidente en el aeropuerto con una auxiliar propensa a ganarse unos ingre­sos extra —sonrió—. Reconoció una foto que tengo de Nicole y me dijo que le había vendido un billete a Memphis y que personalmente la ha­bía visto embarcar la noche anterior en el avión que la trajo hasta aquí. Así que la seguí, encontré el hotel en el que se hospedaba y me puse a patear las calles. La tienda de empeño —señaló con el dedo pulgar—, fue mi tercera parada.

Nick observó mientras un taxi se detenía delan­te de la tienda en cuestión. Una mujer de pelo os­curo bajó de él y se dirigió hacia el estableci­miento con una bolsa de papel marrón en la mano derecha.

—¿Tienes una foto de la mujer? —preguntó. Miley asintió y sacó una de la carpeta que tenía al lado. Nick la estudió, luego a la mujer que entra­ba en el local—. No mires ahora, pero tu chica acaba de llegar.



«Esto es mejor que el sexo».

La mente de miley hizo una pausa mientras ella salía por la puerta a la carrera, con el corazón a mil pulsaciones por minuto. «Bueno, quizá sea tan bueno como el sexo», se dijo, aunque no pudo darle más vueltas al asunto, porque estaba acercándose a su primer caso de persona desapa­recida.

Miró atrás y vio que Nick  era frenado por la ca­marera para que pagara la cuenta.

El sonido de sus pies en la acera. La sensación del pelo volando al viento. El ardor en los pulmo­nes, lo que revelaba el poco ejercicio que hacía. Todo eso se combinaba para hacerla sentir... muy bien.

Frenó cerca de la tienda de empeño, con la mano sobre el costado. Era evidente que necesita­ba hacer ejercicio. De la forma menos conspicua posible, asomó la cabeza para mirar por el sucio escaparate, luego se echó para atrás. Esbozó una sonrisa tan amplia que le dolió la mandíbula. No cabía duda. Era la taimada Nicole Bennett.

Había recibido instrucciones claras sobre lo que debía hacer cuando la localizara. A saber, se­guirla para averiguar dónde se alojaba y luego lla­mar a su hermana en St. Louis.

Frunció el ceño. La última vez que había trata­do de llamar a la hermana de Nicole, había escu­chado una grabación que informaba de que la lí­nea estaba desconectada.

El sonido de una campanilla hizo que abando­nara el umbral en el que se ocultaba. Miró a Nico­le Bennett salir de la tienda sin la bolsa y guardán­dose dinero en el bolsillo de la chaqueta.

—Quieta —ordenó. Ella misma se quedó asombrada. Santo cielo, no era poli. Ni siquiera te­nía que acercarse a Nicole, esta no tenía que sos­pechar que la seguían.

Era su primer caso y ya lo había estropeado.

Los ojos grises de Nicole se abrieron sorpren­didos. Luego miró las manos de miley,que no ex­hibían ningún arma, y emprendió la carrera en la dirección opuesta.

Miley fue tras ella. No sabía qué iba a hacer cuando la alcanzara, pero esperaba descubrirlo llegado el momento.

—¿Es ella?

La voz de Nick sonó tan cerca de su oído que hizo que miley chillara. Entonces, antes de poder detenerse, perdió el ritmo de carrera y cayó so­bre la dura acera. Lo único que le impidió despe­llejarse fue la celeridad de pensamiento de él, que la agarró de la parte de atrás de la camiseta y la sostuvo en medio del aire. Miley alzó la cabeza para ver a Nicole girar por la esquina y desapare­cer de vista.

Con torpeza recuperó la verticalidad, se alisó la camiseta y luego le dio un pisotón a Nick.El gri­to que soltó él apenas mitigó su decepción.

—¿Y eso a qué se ha debido? —preguntó sal­tando sobre un pie.

—Por hacer que perdiera a mi primera perso­na desaparecida.

Miró en la dirección que acababa de tomar Ni­cole, fue hacia allí, pero se detuvo y comenzó a caminar hacia la cafetería. Pero en el instante en que lo hacía, divisó el sedan oscuro en el que iban los tres gigantes que afirmaban ser del FBI.

lunes, 22 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATIONS CAP 14



Desde luego,nick y ella no lo eran. Él no era más que un pobre inocente que se había metido en problemas por ella. Que pareciera cualquier cosa menos inocente no era culpa suya.

—No lo sé —musitó. Vio que tensaba la man­díbula y cerró la carpeta—. Escucha, Nick,ya te he dicho que no tienes por qué hacerlo. Si quieres la verdad, no termino de funcionar cuando estoy cerca de ti —la miró con expresión escéptica—. Y no quiero meterte en más problemas de los que ya te he metido —suspiró y apretó la carpeta contra el pecho—. Creo que sería mejor para am­bos si me llevaras de vuelta al hotel y me dejaras allí. Me subiré en mi coche de alquiler y...

 —¿Y?

—¿Y qué?

—¿Qué harías a partir de ahí?

—Ya se me ocurriría algo —se encogió de hombros—. De hecho, no me sorprendería encontrar la respuesta en cuanto tú desaparecieras del cuadro —él esbozó una sonrisa—. ¿Qué? — instó, inexplicablemente irritada otra vez.

—De modo que no funcionas bien conmigo cerca, ¿eh?

—Tú... —miró por la ventanilla y agitó una mano—... interfieres con mis circuitos mentales, o algo así.

—Mmmm. O algo así.

—¿Qué sugerirías que es? —preguntó volvien­do a mirarlo.

—Es sencillo —repuso con una sonrisa aún más amplia—. Me deseas. Mucho.

La risa de ella fue espontánea, pero en ella vi­braba la tensión e hizo que sonara ronca y sexy.

Él miró por el retrovisor y cambió de carril para volver a la ciudad.

—Tengo una sugerencia, si te apetece oírla.

—¿Me incluye desnuda y una cama?

—Tal vez.

—Entonces no quiero oírla.

—Muy bien —fingió ponerse ceñudo—, no implica ninguna de esas dos cosas. Por ahora.

La promesa que emanaba de su voz le provo­có temblores.

—Cuéntamela —pidió al rato.

—Como ya hemos establecido que estamos juntos en esto hasta que consigas encontrar a tu persona desaparecida...

—Nicole Bennett.

—Sí, a esa tal Bennett, sugiero que paremos a comer en la siguiente cafetería.

—¿Y en qué nos ayuda eso a encontrar a Nicole?

—No lo hace. Pero detendrá los crujidos de mi estómago —la miró—. Y me brinda la oportu­nidad de llamar a mi secretaria en Minneapolis para pedirle que nos haga reservas en otro hotel. Bajo otro nombre. Nada que pueda llevar al FBI...

—No son del FBI.

—Muy bien, nada que pueda conducir a esos tipos hasta nosotros.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué? —parpadeó.

—¿Qué pasa después?

—¿Quieres oír lo que espero que suceda o lo que creo que va a suceder? —la recorrió con la vista.

Los pezones se le contrajeron contra el suave algodón de la camiseta.

—Lo, mmm, segundo.

Nick se encogió de hombros y miró el camino.

—A partir de ahí tú llevarás la voz cantante. No estoy seguro de que sepas mucho sobre lo que estás haciendo, pero puedo afirmar que yo no sé nada sobre ser un detective privado. Así que iremos a un lugar seguro y a partir de ahí me dirás en qué puedo ayudarte.

—Muy bien.

—Perfecto.

—Sí.

—¿Siempre tienes que decir la última palabra?

Miley lo miró y se dio cuenta de que eso era exactamente lo que había estado haciendo. De al­gún modo era liberador sentir el fuego competiti­vo arder en su estómago, impulsándola a cuestio­nar todo sin pensar en las consecuencias.

—Siempre —le sonrió.



—Toma.

Nick se reclinó en el reservado de la cafetería y contempló el teléfono móvil que miley alargaba hacia él. A petición de ella, habían elegido una ca­fetería lo bastante cerca de la tienda de empeño como para ver entrar y salir a la gente y lo bastan­te lejos como para estar a salvo en caso de que regresaran los tres chiflados. Justo después de pe­dir la comida, ella le había informado de que de­bía hacer una cosa antes de desaparecer por la puerta y dirigirse en la dirección opuesta de la tienda.

Intentaba pasarle un teléfono móvil rayado y abollado que él no estaba seguro de querer tocar.

—¿Qué es eso?

—Un teléfono móvil.

—Eso puedo verlo —lo aceptó y ella se sentó a su lado.

La camarera apareció con sus platos.

—Estupendo. Me muero de hambre —miley se humedeció los labios al ver el sandwich de carne asada acompañado de patatas fritas.

Nick  hizo una mueca al ver la ensalada de pollo de aspecto soso que le plantaron delante.

—¿De quién es? —agitó el teléfono para cap­tar su atención, centrada en ese momento en la comida.

Dio un mordisco al sandwich y sacó la lengua para limpiarse un poco de salsa en la comisura de los labios. Se encogió de hombros.

—No lo sé. Supongo que ahora es mío.

Nick se ordenó dejar de mirarla.

—Se lo compré a uno de esos tipos de la es­quina —señaló con el pulgar por encima del hombro—. Así que imagino que es robado. Pensé que si nuestros amigos estaban rastreando tus lla­madas, esto les complicaría las cosas.

Nick tuvo la impresión de que al único que se le complicarían las cosas cuando todo terminara, sería a él.

—Ten cuidado con lo que digas —continuó miley—. Lo compré para que les costara rastrear tu actual paradero.

Él contempló el aparato, luego marcó el núme­ro de su despacho en Minneapolis. Gloria contes­tó a la primera llamada. Si experimentó preocu­pación o curiosidad ante la sugerencia de que le reservara una habitación bajo otro nombre e hi­ciera que todos los gastos se pasaran a la cuenta personal de ella, por lo que le prometió que le reembolsaría el doble, no lo mostró.

Fue cuando le pidió que cancelara todos los compromisos que tenía con Shoes Plus cuando se quedó en silencio.

—¿Disculpe? —dijo pasados unos momentos.

—Dígales que tengo la gripe.

—Original —miley frunció la nariz.

—Gloria, tache eso. Dígales que una emergen­cia familiar me obligó a regresar a Minneapolis en el primer vuelo — miley puso los ojos en blan­co—. No, no. Discúlpese en mi nombra y comuníqueles que me caí de la terraza de mi habitación de hotel en la segunda planta y que estoy en el hospital.

Eso le ganó una sonrisa de aprobación de miley,una sonrisa que le causó un nudo en el estómago. Apartó el plato de ensalada.

—¿sr nicholas? —preguntó Gloria con tono de gran confusión.

—¿De qué se trata?

domingo, 21 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATIONS CAP 13

—Debió ser duro para ti —indicó miley—. Que te arrebataran de esa forma todos tus sueños.

—Sí, lo fue.

Ella lo contempló unos momentos en silencio.

—Aunque da la impresión de que te ha ido bastante bien. No todo el mundo consigue reco­brarse de semejante golpe. Tengo un primo en St. Louis que sufrió un accidente de coche la noche anterior a concluir las negociaciones que llevaba con los Cardinals. Vive de lo que cobra de la segu­ridad social, bebiendo y escuchando a Springsteen. No es un cuadro muy bonito.

Nick la miró con atención por primera vez.

—Supongo que de niña no sería tu sueño ser secretaria.

—No —sonrió—. Estudié programación de or­denadores. Gira a la izquierda.

Él tuvo la impresión de que no iba a explayarse.

—¿Por qué debería girar por aquí?

—Si vas a cuestionar todo lo que pida, nick, en­tonces será mejor que pares y me dejes bajar. Por­que esto no va a funcionar.

—¿Qué? ¿No crees que tengo derecho a saber adonde vamos? ¿O preferirías que me pusiera una venda?

—No es una mala idea —lo recorrió lentamen­te con la mirada.

Nick no quería estar detrás de un volante cuan­do sucediera. Preferiría estar en una cama con las manos atadas y miley montada sobre él.

—Vamos a comprobar la tienda de empeño a la que fui ayer. La mujer a la que busco... le ven­dió un par de cosas al dueño antes de ayer.

—¿Y crees que volverá? —ella asintió—. ¿Por qué? —los ojos de miley soltaron chispas—. Lo siento —alzó las manos—. Por favor, solo dime que no se basa en una intuición femenina.

—Es una intuición femenina —sonrió. Él gi­mió—. Le dijo al dueño que quizá volviera hoy a venderle algunas cosas más.

Un par de manzanas más arriba le indicó que girara a la derecha. Era una zona próxima a Beale Street, necesitada de unos cuidados que proba­blemente no iba a recibir. Unos hombres negros que había en una esquina dejaron de hablar y se volvieron para verlos pasar. Miley le dijo que fre­nara en la siguiente calle.

—Cielos —musitó.

Pero antes de que nick pudiera preguntarle qué sucedía, ella enterraba la cabeza en la entrepierna de sus pantalones.









—Preguntaría qué haces ahí abajo —indicó Nick mientras miley metía aún más la cabeza en su regazo—. Pero me temo que si lo hago, pares lo que tienes en mente.

Miley puso los ojos en blanco.

—Coche a la una. Un sedan oscuro de cuatro puertas. ¿Alguien te resulta familiar?

No oyó nada durante largo rato, luego el co­che de Nick aceleró hasta lo que ella consideró que era el límite de velocidad.

—Maldita sea —repitió él unas cuantas veces.

Miley intentó soslayar el calor que emanaba de los pantalones húmedos y el hecho de que una cierta parte de la anatomía de Nick se hallaba a unos centímetros de su boca. Tragó saliva.

—¿Es seguro que me incorpore?

—¿Qué? —pareció distraído, luego suspiró—. Sí, ya que el motivo por el que estás ahí abajo no es el que yo esperaba.

Miley se irguió y se apartó el pelo de la cara. Se hallaban a dos manzanas de la tienda de empe­ño. Justo del otro lado de la calle había un sedan parecido al de nick. Vio cómo uno de los campeo­nes de lucha bajaba de la parte de atrás del vehí­culo, miraba en ambas direcciones y cruzaba ha­cia el local. Frunció los labios.

—¿Cómo diablos llegaron antes que nosotros? —inquirió Nick de forma retórica.

—Si no te hubieras detenido en el aparcamiento a proteger mi pudor, no nos habrían adelantado — soltó ella y se ganó una mirada centelleante. Se en­cogió de hombros—. ¿Qué? Es la verdad. Da la im­presión de que acaban de llegar, lo que significa que nos ganaron por un par de minutos.

—Sí, claro —hizo una mueca—, si no hubiera parado, te habrían sorprendido dentro de la tien­da —se frotó el mentón—. Además, dado el moti­vo por el que me detuve, de haber continuado, con toda seguridad habría tenido un accidente. Entonces, ¿dónde estaríamos?

Miley no pudo evitar sonreír. Aparte del hu­mor de la situación, había algo en ella que resulta­ba conmovedor. Descartado el motivo caballero­so, sospechaba que lo que quería era evitar que alguien pudiera mirarla del modo que al parecer a él le gustaba hacer.

—Aquí sucede algo que desconozco —se dijo para sí misma y alargó la mano hacia el bolso. Sacó la carpeta arrugada y la alisó sobre las pier­nas antes de abrirla.

—¿Adonde voy? —preguntó nick.

No había pensado en eso. De hecho, daba la im­presión de que no era capaz de pensar mucho cer­ca de nick. Se preguntó si sería así con las parejas.

viernes, 19 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATION CAP 12

Miley & Floyd Cyrus MODELING Picture

—¿Qué haces ahora? —preguntó con los dien­tes apretados y las manos cerradas sobre el volan­te con tanta fuerza que temió arrancarlo de cua­jo. Se movió incómodo y lanzó otro vistazo al trasero redondo y bien torneado.

Ella lo miró con expresión inocente en los ojos.

—Extiendo la ropa para que se seque.

Nick no tenía ni idea de adonde se dirigía, pero supuso que por el momento bastaba con alejarse del hotel. No había visto que nadie los siguiera, pero eso no revelaba gran cosa. No confiaba en su habilidad de detectar a alguien que les pudiera pisar los talones.

Pasaron los minutos. nick fue cada vez más consciente de que miley llevaba un rato en silen­cio. Y notó que lo observaba. Giró la cabeza y confirmó sus sospechas.

—¿Qué? —preguntó, sin tener muy claro que le gustara el ceño de ella.

—¿Qué quisiste dar a entender al decir que al­guien debía salvarme de mí misma?

Se aflojó la corbata, se la sacó por encima de la cabeza y comenzó a quitarse la camisa. Fue a protestar cuando ella alargó los brazos para ayu­darlo. No creía que fuera una buena idea tener las manos de miley cerca en ese momento, y menos cuando bajó los dedos por su piel siguiendo las mangas de la camisa. Después de que le quitara la tela empapada, Nick se quedó con una camiseta de algodón. Contuvo el aliento cuando ella comenzó a levantársela de la cintura de los pantalones.

—Te hice una pregunta. ¿Vas a responderla? —inquirió, mientras los dedos le rozaban el estó­mago antes de quitarle la camiseta.

Nick tragó saliva y le aferró las manos al ver que apuntaban hacia la cremallera de los pantalones.

—No es... una buena idea.

Ella lo miró, luego se encogió de hombros y se apoyó en el respaldo del asiento; cruzó los brazos.

Tuvo la sensación de que la había irritado.

—No quise dar a entender nada específico con eso —repuso, inexplicablemente irritado de que estuviera enfadada con él.

—Creo que sí —contradijo ella—. Creo que querías dar a entender que soy incapaz de cuidar de mí misma.

—Bueno —hizo una mueca—, he de decirte, miley, que a juzgar por lo que he visto hasta ahora, empiezo a dudarlo —ella se agachó para reco­ger la pistola—. ¿Qué haces?

—Para —pidió.

—No hasta que me digas qué es lo que vas a hacer.

Ella soltó un suspiró exasperado. De no haber estado comprobando el arma, Nick habría reído.

—Me voy a bajar —guardó la pistola en el bol­so, luego se puso de rodillas en el asiento para re­coger las prendas en la parte de atrás.

Nick la frenó por la pierna antes de que pudiera ofrecerle otra visión primorosa de su trasero.

—No creo que sea una buena idea —la sintió temblar bajo el contacto y apartó la mano—. Que te bajes.

—Menos mal que no pedí tu parecer, ¿verdad? —indicó antes de inclinarse sobre el asiento.

Nick cerró los ojos un momento, rezó y clavó la vista en el camino hasta que ella volvió a sentarse.

—Dime una cosa,miley. ¿Qué vas a hacer si te dejo bajar? ¿Adonde irías?

—¿Y a ti qué más te da? —se movió en el asiento.

Analizó lo sucedido en los últimos minutos para modificar la atmósfera entre ellos. Había cre­cido como hijo único en una casa donde solo ha­bía hablado él. Todas sus esperanzas de seguir una carrera deportiva le habían sido arrebatadas a los diecinueve años. Había conseguido establecer su negocio de la nada. Después de eso, se consideraba bastante eficiente en la solución de problemas. Pero cuando se trataba de miley esta­ba en blanco.

—Mira, lo que dije no salió como era mi inten­ción.

—¿Oh? —enarcó las cejas—. Podrías haberme engañado, pero te escucho.

Volvió a mesarse el pelo.

—Es evidente que en este último día han su­cedido cosas que me han proporcionado una imagen equivocada de ti.

—Es evidente.

—Soy el primero en reconocer que te conoz­co muy poco. De modo que cualquier impresión es superficial, en el mejor de los casos.

Ella asintió, dándole a entender que iba a tener que encontrar la salida por su cuenta en todo ese lío. Nick suspiró.

—Lo que propongo es lo siguiente —el cami­no por el que iba estaba a punto de acabar ante el río Mississippi. Puso el intermitente izquierdo con la intención de dar vueltas hasta que uno de los dos desentrañara qué iban a hacer a partir de ese momento—.Volvamos hasta el principio para empezar desde cero.

—¿Qué quieres decir? —entrecerró los ojos.

La miró, le ofreció una sonrisa y la mano dere­cha.

—Hola. Me llamo nick jonas, creador y propie­tario de Solé Survivor, S.A.. Encantado de cono­certe.

Ella observó su mano, luego, con cautela, se la estrechó. Nick quedó asombrado por lo finos y de­licados que eran los dedos de miley. Luego ella sonrió, una sonrisa brillante y llena de candor que lo golpeó como un puñetazo debajo del cinturón.

—miley cyrus,investigadora privada —se presentó antes de retirar la mano.

Para Nick era imposible creer que la noche an­terior había estado en la cama de la habitación de un hotel solo, deseando que algo sucediera en su vida. De haber sabido que lo esperaba eso, habría ido con cuidado en la formulación de un deseo tan peligroso.

—Muy bien, miley cyrus, investigadora priva­da. ¿Qué hacías antes de convertirte en detective?

La sonrisa de ella desapareció y miró por la ventanilla.

—Era secretaria —Nick se atragantó. Lo miró con ojos centelleantes—. Hasta hace dos semanas.

—No me lo digas. Un día dejaste tu trabajo y colgaste tu cartel de investigadora.

—Sabía que no iba a funcionar.

—¿Qué? —preguntó nick, tratando de no ser muy crítico—. Solo intento establecer una con­versación.

—No, lo que haces es que parezca una idiota.

Nick hizo una mueca y miley guardó silencio.

—No me preguntaste qué hacía yo antes —mu­sitó él. Recibió una mirada desconcertada—. Antes de dedicarme al diseño de calzado deportivo.

—Muy bien,Nick jonas—concedió ella con cautela—, ¿qué hacías antes de convertirte en vendedor de calzado?

—Me dedicaba a la práctica del deporte.

—Qué bien —bajó la vista al pecho de él.

—Trabajaba para firmar como profesional cuando me reventó la rodilla.

—¿Qué deporte? —alzó la vista a su cara.

—Baloncesto.

Ella asintió, como si hubiera sido lo que había adivinado.

Nick se movió en el asiento, preguntándose por qué le había ofrecido esa información. Pocas mu­jeres preguntaban sobre lo que había hecho an­tes de conocerlo.miley tampoco había mostrado curiosidad. Lo que la sorprendía era que él se lo hubiera contado.

—Me pareció ver una cicatriz anoche —co­mentó ella y alargó la mano para apoyarla en la rodilla derecha de nick.

Él trató de controlar el escalofrío que lo reco­rrió y estiró el cuello. Tampoco muchas sacaban el tema de su cicatriz. Recorría el interior de la rótula sus buenos veinte centímetros de largo y uno de ancho. Incluso cuando la miraba después de tantos años, le sorprendía encontrarla allí. Los médicos le habían dicho que era afortunado de poder usar esa rodilla. Desde luego, eso había sig­nificado poco en su momento, cuando toda su vida había girado en torno a los deportes.