nileylove

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true love

domingo, 14 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATIONS CAP 9


Regresó al salón y probó otra vez con el nú­mero de la habitación de al lado.

Estupendo. El FBI le seguía el rastro por un motivo que solo ellos conocían y la mujer que lo había causado todo había desaparecido.

Fue a la terraza y abrió las cortinas y las puer­tas. Se dirigió hacia la terraza de miley. Enarcó las cejas. Había más de medio metro entre las respec­tivas barandillas y una caída de dos plantas.

Cerró las manos en torno a la barandilla y miró mas allá. En el patio había una piscina de medidas olímpicas, rodeada de árboles. La gente paseaba o tomaba el sol y nadie parecía consciente de su pre­sencia allí. Había sido un atleta durante el instituto y la universidad. Pero lo único que siempre había podido con él habían sido las alturas.

Apretó los dientes y se dijo que la única forma de llevar a cabo algo difícil era haciéndolo.

Agarró la barandilla con fuerza y se impulsó hacia la otra terraza, se irguió y se limpió las ma­nos en una exhibición de gran orgullo. Ni siquie­ra había sido la mitad de difícil de lo que había pensado.

Se acercó a la puerta, convencido de que iba a estar cerrada. Pero se abrió con facilidad.

No le pareció una buena señal, ya que si miley estuviera allí, dudaba de que hubiera dejado las puertas abiertas.

Apartó las cortinas y con renuencia entró, sin saber muy bien qué esperar. Al menos tenia la certeza de que los Tres Chiflados no habrían podido ade­lantársele. Miró en torno de la habitación en busca de cualquier indicio de la presencia de miley.

Así como había ordenado su habitación, esa era un desastre. Vio que en el cuarto de baño ha­bía ropa tirada en el suelo. Como contemplara un rato más la ropa interior de color rojo, iba a pasar allí todo el día. Cruzó al salón donde había una bandeja completamente vacía. Sonrió. Debía reco­nocer que la chica tenía buen apetito. Vio unos papeles sobre la mesa.

Retrocedió al dormitorio y permaneció en si­lencio en el umbral, con la mano apoyada en el marco. La puerta del armario estaba abierta. La cortina del cuarto de baño se hallaba descorrida, revelando una bañera vacía. Se frotó el mentón, luego fue hacia la cama. Extendió la mano a cie­gas por debajo y tanteó un poco. Oyó un jadeo en el mismo instante en que sus dedos se cerra­ban alrededor de un tobillo cálido y fino. Tiro con fuerza y apareció miley cyrus , que lo miró como si esperara a Jack el Destripador. nick sonrió.



Miley soltó el pie contra la espinilla de nick al tiempo que pronunciaba todas las maldiciones que había aprendido en su vida.

—Por el amor del cielo, jonas, ¿por qué no di­jiste nada al entrar? Creí que eras uno de ellos — se puso de pie y lo miró con ojos centelleantes. Dada la expresión de nick, no pensó que fuera a hacérselo fácil.

—No me digas. Es la regla número dos del ma­nual del investigador privado. Si oyes a un intru­so, escóndete bajo la cama.

Le dijo que hiciera algo que era físicamente imposible y se fue al salón. Era cierto que se trata­ba de su primer caso y que estaba hecha un lío, pero eso no significaba que tuviera que soportar los sarcasmos de Nick por cada fallo cometido.

—¿Dónde está tu pistola? —preguntó al se­guirla.

Miley alzó la tapa que había mantenido calien­tes los huevos revueltos y recogió la nueve milíme­tros. La había colocado allí pensando que si la inte­rrumpían durante el desayuno, la tendría a mano.

Desde luego, en cuanto la necesitó, se había olvidado de ella. Al menos la enorgulleció saber que en esa ocasión había estado cargada.

—¿Y qué haces aquí? —preguntó ella girando en redondo.

—Cuidado.

Miley descubrió que lo tenía más cerca de lo que había creído y a punto estuvo de clavarle el cañón de la pistola en el plexo solar. Con cuida­do, él apartó el arma y la mano.

—No te preocupes. Tiene puesto el seguro —explicó.

—Dime por qué eso no hace que me sienta más tranquilo.

Ella le sonrió. Había olvidado lo atractivo que era. Fijó la vista en su boca y se humedeció los la­bios.

—¿miley?

—¿Mmmm?

—No me mires de esa manera —tragó saliva—. Quizá no te guste la respuesta que eso pueda provocar.

Miley pensó que en ese momento no había nada que pudiera impedirle explorar de forma minuciosa la boca sexy de nick. Dio un paso al frente sin apartar la vista de sus labios. Él la sujetó por los hombros.

—Lo siento,miley. A algunos hombres puede resultarles atractiva una mujer armada. A mí, no. De hecho, me asusta mucho.

Ella se dio cuenta de que aún empuñaba la pistola y suspiró.

—Aguafiestas.

—Tuviste tu oportunidad anoche —sonrió.

—Anoche no te conocía.

—Ahora no me conoces mucho más.

—Es posible —movió los labios para aliviar el picor.

Él miró el reloj.

—Y por supuesto elegirías este momento para cambiar de idea.

—Por supuesto.

—Se supone que he de estar en este momento en una reunión —nick suspiró—. Una reunión muy importante que podría tener un impacto muy importante en mi empresa.

—Mmm —pudo ver por el modo en que los ojos de Nick no dejaban de posarse en la parte frontal de la camiseta y en su boca que la idea de besarla le parecía mejor por segundos. Se acercó hasta que sus labios casi se tocaron.

—Lo cual... mmm... me trae al motivo de mi presencia aquí —murmuró él.

—¿Quieres decir que no volviste para sacarme de debajo de la cama? —pero antes de que él pu­diera responder. miley pegó con suavidad los la­bios a los suyos.

Nick gimió y con la mano izquierda le quitó el arma. La sostuvo mientras la derecha se introdu­cía bajo la camiseta para tomarle un pecho. Ella sacó la lengua y probó sus labios. Café. Algo dul­ce. ¿Un donut? La introdujo en su boca. Vainilla. Decididamente un donut.

Él carraspeó y frotó la yema del dedo pulgar sobre el pezón erguido.

—Lo que tengo en mente sucede sobre la cama, no debajo de ella

viernes, 12 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATIONS CAP 8



Lo vio hacer una mueca mientras con cautela ella observaba la puerta de su habitación, pregun­tándose si el pistolero seguiría allí y si la estaría vi­gilando en ese mismo instante. Se acercó más a la pared, para que no pudieran verla por la mirilla.
El joven del servicio de habitaciones llamó a una camarera de limpieza que se ocupaba de otro cuarto pasillo abajo. A los pocos minutos le abría la puerta.miley se mantuvo rezagada.
—¿Señora? —preguntó el joven.
—¿Qué? Oh, por supuesto.
Con la boca reseca, abrió la puerta y le ofreció una sonrisa nerviosa a la camarera. Si el tipo se­guía dentro, quería estar segura de que podría es­capar. Miró de reojo al chico del servicio de habi­taciones y llegó a la conclusión de que saldría corriendo.
No había nadie en el salón.
Fue de puntillas al dormitorio y se asomó para escrutar la habitación. Al recordar los espejos, miró a sus espaldas. Desde el salón, al interior del dormi­torio y el cuarto de baño, no vio ninguna sombra que la asustara. Entró en el dormitorio y cerró las puertas de la terraza. Se había marchado.

Nick sonrió en la sala de conferencias llena de representantes de ventas y de peces gordos, con­fiado en que después de un comienzo torpe, ha­bía realizado un regreso triunfal y acababa de ofrecer uno de sus mejores discursos de siempre. El contrato estaba en el bolsillo.
—He de decirle, Nick, que durante un momento me tuvo preocupado —dijo el vicepresidente John Gerard, estrechándole la mano después de que Nick guardara el gráfico en el maletín.
—No se lo diga a nadie, pero yo también estu­ve preocupado.
John río entre dientes y se alejó. nick estrechó las manos del resto de sus colegas.
—Esta noche repetimos cena, ¿de acuerdo? —comentó Percy en voz baja, acercándose con ges­to de conspiración.
Nick pensó en la provocativa miley cyrus y se preguntó si seguiría en su habitación y si requeri­ría sus servicios cuando terminara allí. Hizo una mueca. Aunque así fuera, tenía demasiadas cosas importantes proyectadas en ese trato como para estropearlas por una aficionada a detective.
—¿Señor jonas?
Le dijo a Percy que contara con ello y luego miró hacia la puerta por la que habían salido casi todos. Se le congeló la sonrisa en la cara al ver al tipo con el que había compartido ascensor aque­lla mañana, el mismo que había enviado a miley a su cama, en el umbral. El cuerpo, tan alto como ancho, bloqueaba la salida, y detrás de él había dos tipos más de similar complexión.

Miley alargó la mano para tomar una fresa de la bandeja casi vacía que había sobre la mesa de su suite, luego le dio la vuelta a la foto que con­templaba. Vestida con unos vaqueros oscuros y una camiseta morada, se sentía mejor una vez re­cuperada la posesión de la habitación, sin que hu­biera pistoleros ocultos en la sombra.
Se pasó los dedos por los vaqueros y volvió a poner del derecho la imagen. La foto en blanco y negro era de una mujer de pelo oscuro de aproxi­madamente su edad y que podría haber sido una doble de Angelina Jolie, salvo por el estilo de pelo diferente. Pero lo que le provocaba preguntas no era la mujer, sino la foto.
Pasó el dedo por la extensión de la copia. No era el papel tradicional. Parecía haber sido sacada por una impresora. Y la calidad granulada y el án­gulo descendente de la toma hacían que parecie­ra sacada de una de esas grabaciones de seguri­dad. Lo cual no tenía sentido, ya que se la había entregado la hermana de Nicole Bennett, Clarise.
Volvió a leer la información. Nicole Bennett. Veintiocho años. Pelo castaño oscuro, ojos grises. Ningún trabajo apuntado. Un día había ido a ver a su hermana y terminado por desaparecer con la plata de la familia. Las piezas, que llevaban las iniciales ZRD, habían aparecido dos días atrás en una tienda de empeño de Memphis.
—Lo hace todo el tiempo —había indicado Clarise Bennett en respuesta a la mirada de curio­sidad de miley—. Una Navidad se llevó unos adornos antiguos del árbol.
No, no había informado del episodio a la poli­cía. Era un asunto familiar. Solo quería recuperar la plata y cerciorarse de que Nicole se hallaba bien.
En cuanto a las iniciales, le había dicho que había heredado el juego de su abuela materna.
Miley apoyó el mentón en la mano y volvió a observar la foto. ¿Qué clase de persona robaba a su propia hermana para financiarse un viaje a Memphis? Siempre y cuando esa hubiera sido la causa del robo, desde luego.
Alargó la mano hacia el teléfono para llamar a Clarise y darle un informe. Y se dijo que tampoco estaría mal pedirle una foto mejor de su herma­na. Marcó el número que tenía apuntado en la fi­cha. Un momento después quedó atónita al oír el mensaje grabado de que el número se hallaba fuera de servicio. Cortó y volvió a intentarlo, para lograr el mismo resultado.
Eso no tenía ningún sentido. Un día atrás el número había funcionado a la perfección cuando llamó para informar a Clarise de que iba camino de Memphis. Tamborileó con los dedos sobre el teléfono antes de llamar a su contestador automá­tico. Nada. Ni siquiera una llamada de su madre para recordarle que fuera a cenar el domingo por la noche.
Odiaba cuando no tenía mensajes.
Oyó un sonido apagado procedente del pasillo.
Estuvo a punto de saltar de la silla con el cora­zón desbocado. Fue de puntillas hacia la puerta con la mano pegada al pecho.
Sabía que no debería haberse quedado tanto tiempo. Tendría que haber recogido sus pertenen­cias y haberse largado.
Otro sonido.
Corrió al dormitorio con la esperanza de no tener que repetir la exhibición de la noche ante­rior.

Se preguntó en qué diablos estaba metiéndose.
Pero sabía que fuera lo que fuere, sería mucho más interesante de lo que había sido su vida últi­mamente. Salió del ascensor del hotel y se dirigió hacia su habitación. Había vuelto a llamar muchas veces, sin obtener respuesta.
Lo mismo que les había dado a los tres hom­bres que se habían presentado como agentes del FBI. Ninguna respuesta.
Había hablado con ellos, desde luego. Pero sos­pechaba que no les había dado las respuestas que buscaban. Sí les había preguntado cómo habían sabido dónde encontrarlo. El primer tipo había contestado que habían conseguido su nombre en el hotel, y que luego habían llamado a su secreta­ria en Minneapolis.
Les dijo que no conocía a la persona que se alojaba en la habitación contigua a la suya. Y para completar la actuación, les preguntó para qué la buscaban. Confirmó que la noche anterior había estado con una mujer. No sabía cómo se llamaba, pero podían tratar de localizarla en el Kitty Kat Lounge.
Después de mantener una conversación circu­lar durante quince minutos, habían terminado por dejarlo en paz.
Pero a los hombres del FBI les había mentido descaradamente, lo que significaba que estaría metido en líos si lo descubrían y volvían a verlo.
Después de llamar brevemente, introdujo la tarjeta y abrió. No había rastro de miley, aunque tampoco lo había esperado. Fue al dormitorio. La cama estaba hecha. La bandeja del servicio de ha­bitaciones de la noche anterior estaba en el pasi­llo. Todas las toallas usadas se veían apiladas cui­dadosamente en un rincón.
Se preguntó qué clase de mujer ordenaba una habitación de hotel.



PRIVATE INVESTIGATIONS CAP 7


CHICAS :( SORRY POR NO HABER SUBIDO ANTES , ESTOY UN POCO OCUPADA PERO AQUI LES DEJO DOS CAPS , ESPERO QUE LES GUSTE  , LAS QUIERO....

PD:DISCULPEN SI NO COMENTO SUS BLOGS :s



—Este es el gráfico que detalla nuestro creci­miento fiscal en los últimos tres años durante nuestro contrato con su competidor.
Nick estaba sentado en la atestada sala de con­ferencias de Shoes Plus con la gran vista del Mississippi a la que en ese momento nadie pres­taba atención, ya que todos intentaban concen­trarse en lo que decía el representante de ventas de la compañía. Si las cumbres y valles del gráfi­co no le recordaran las cumbres y valles de una persona, probablemente se sentiría más cómodo. Por desgracia, la distracción que había notado el día anterior, incluso antes de que una loca  miley cyrus hubiera pensado en meterse en su cama, se había duplicado ese día. Se pellizcó el puente de la nariz y miró su gráfico de costosa produc­ción que mostraba las proyecciones realizadas para los próximos dos años si Shoes Plus decidía firmar el contrato con su empresa. Pero no pare­cía poder hacer acopio de la energía para llevar a cabo lo planeado, que era utilizar su gráfico para cubrir el que empleaba el representante para explayarse.
No había conseguido dormir mucho. No había sido capaz de hacer otra cosa que permanecer tendido en ese incómodo sofá, sin siquiera atre­verse a ir al cuarto de baño a buscar las otras sá­banas. Había dado vueltas y se había caído dos ve­ces mientras fantaseaba en lo que habría sucedido si hubiera podido convencer a la deliciosa señorita cyrus de que finalizara lo que con tanta habilidad había comenzado con anteriori­dad esa misma noche.
Cuando al fin el representante de ventas dejó el puntero y concluyó su discurso, diez pares de ojos se volvieron al unísono hacia él. Parpadeó, olvidado por completo dónde se encontraba.
Carraspeó con discreción, luego sonrió.
—Si me disculpan un minuto...
Apartó la silla y salió de la sala, cerrando la puerta ante las personas boquiabiertas que seguí­an su progreso. Sacó el teléfono móvil y se dirigió al rincón más apartado de la zona de espera. Marcó un número, pidió que le pusieran con alguien y esperó. Esperó ocho llamadas antes de que una voz somnolienta y sexy respondiera.
—¿Qué haces contestando el teléfono? —pre­guntó con fingido tono reprobatorio. Oyó un sua­ve jadeo y el ruido de las sábanas.
—¿Quién es? —preguntó miley al final.
—¿Quién crees tú? El hombre al que echaste de su propia cama esta mañana.
—¿nick?
—A menos que haya algún otro al que tam­bién desterraras de su habitación.
—¿Dónde estás?
Miró hacia la puerta cerrada de la sala de con­ferencias. Se suponía que debía estar trabajando.
—En una reunión.
Un bostezo prolongado.
—Ni siquiera te oí al marcharte.
Lo cual era un milagro, ya que no se había re­catado en hacer ruido, pero nada había quebrado el ritmo de los suaves ronquidos de ella.
—¿Dormir de manera tan profunda no es un peligro en tu profesión? —preguntó—. En parti­cular después de lo sucedido anoche.
—No corría peligro después de llegar a tu ha­bitación —respondió tras una pausa.
—¿Y cómo lo sabías?
—Porque... porque, bueno, tengo un sexto sentido para esas cosas, por eso.
—Ah, ¿es otra de esas cosas que aprendiste en el manual del investigador privado?
Una risa suave. Nick sonrió.
—¿Querías algo en particular, señor jonas, o solo llamabas para irritarme?
Nick comprendió que su llamada no obedecía a ningún motivo en especial aparte de comprobar si aún seguía en su habitación. Y el alivio que ex­perimentó lo desconcertaba. Pensó en el exposi­tor que tenía sobre la mesa de conferencias y le preguntó si lo veía por la habitación. Miley le pi­dió que esperara mientras iba a buscarlo.
Nick suponía que debía informarle de que ha­bía visto al tipo que se había quedado en su suite marcharse a la misma hora que él. De hecho, ha­bían bajado juntos en el ascensor. Pero eso podía significar que ella se fuera nada más colgar.
Miró el reloj de pulsera y se llamó idiota. Un momento más tarde ella volvió a ponerse.
—No hay nada que responda a esa descripción.
—Maldita sea. Lo habré olvidado en el coche.
—¿Eso es todo?
—Sí —se obligó a decir—. Eso es todo.
—Muy bien. Adiós, entonces.
—Sí, adiós... espera —temió que ya hubiera colgado, pero al rato oyó un suspiro distraído.
—¿Qué?
—No vuelvas a contestar el teléfono. No se... mmm, no se sabe quién podría ser.
—Pensé que dijiste que no estabas casado.
—No afirmé ser un monje.
—Oh. De acuerdo.
Nick colgó, aguardó unos segundos y le dio a la tecla de remarcado. Como había esperado, miley contestó a la primera.
—Me pareció decirte que no respondieras.
—Bueno, pues entonces deja de llamarme.
Volvió a cortar y rió entre dientes mientras se dirigía hacia la sala de conferencias, listo para en­frentarse a los negocios.
Miley alargó el brazo para colgar el auricular en la mesita de noche, luego se dejó caer sobre la almohada con una sonrisa en la cara. Y él la consi­deraba rara. ¿Qué clase de persona llamaba para decirle que no contestara el teléfono y luego vol­vía a llamarla para comprobar si lo hacía? Se esti­ró. Un tipo de hombre con sentido del humor.
«¿Hace cuánto que no salgo con alguien con hu­mor?», se preguntó. Al menos no con alguien con un sentido del humor perverso e inventivo como el de Nick . Claro está que Nick  y ella no salían. Solo habían dormido juntos. En la misma habitación de hotel.
Se apoyó en los codos. Habitación de hotel de la que debería estar pensando en largarse. En ese momento vio una nota junto al teléfono y alargó un brazo para recogerla.
Llama a la policía, ponía en letra mayúscula de imprenta. Estaba firmado nick.
Dejó el papel y miró la hora; entonces se le­vantó de un salto. No podía creer que ya fueran las nueve y media. Había tenido intención de le­vantarse temprano para tratar de seguir al tercer tipo cuando saliera de su habitación. Siempre y cuando se hubiera marchado, por supuesto.
Fue a la pared y pegó el oído, aunque el senti­do común le decía que si una persona esperaba que llegara otra, no haría mucho ruido. Suspiró y luego observó el teléfono. Una persona que espe­raba en la habitación de otra probablemente tam­poco contestara el teléfono.
Llamó al servicio de habitaciones para solici­tar el desayuno. Luego fue a la ducha, y solo des­pués de secarse recordó que no tenía nada para ponerse. En el umbral del dormitorio, contempló los cajones. Ya le había pedido prestada la cama a Nick.Un par de prendas de ropa interior tampoco estarían tan fuera de lugar. Se puso su camisa, sacó uno de esos calzoncillos ceñidos de algodón del cajón superior y luego un par de calcetines. Luego corrió a la puerta para estar pendiente del servicio de habitaciones.
Cinco minutos más tarde, vio cómo se abrían las puertas del ascensor y a un joven de uniforme blanco conducir un carrito en la dirección de su habitación. Lo siguió hasta donde se lo permitió la mirilla, luego, con la cadena puesta, abrió para poder escuchar.
Una llamada breve y decidida en la puerta de al lado.
—Servicio de habitaciones.
miley sonrió. No pudo evitar pensar que Nelson Polk estaría orgulloso de su ardid. Resistió la tentación de abrir más la puerta y asomar la cabeza.
Otra llamada y una voz más estridente.
Miley cedió a la tentación y a los crujidos de su estómago y abrió. El chico del servicio de ha­bitaciones empezaba a marcharse cuando ella avanzó por el pasillo y lo llamó con la mano.
—¡Oh, lo siento! Se cerró la puerta y me que­dé fuera.
—¿Señora? —la miró con escepticismo.
—Me llamo miley cyrus. Esta es mi habitación —el joven guardó silencio—. No me cree. De acuer­do. Entonces le diré lo que he solicitado —mientras se lo recitaba, él leía el pedido—. ¿Convencido?

lunes, 8 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATION CAP 6

DEDICADO A MI SIS SARI :D TE QUIERO SIS.
—¿No crees que sería una buena idea que pri­mero informaras a la policía?

—¿Para qué iba a llamar a la policía? —bajó la vista hasta la mano de él cerrada en torno a su muñeca fina.

Nick juró que podía sentir sus latidos. Apartó los dedos.

—Oh, no sé. Considérame estúpido, pero si tres hombres armados me persiguieran, con uno probablemente aún en mi habitación, mi primera llamada sería a la policía.

Ella apoyó una mano en su hombro y acercó la cara á la suya. A Nick le dio la impresión de que olía a melocotones.

—No te preocupes. Creo que soy capaz de manejar a un par de hombres armados yo sola. Forma parte de ser investigadora privada.

—Mmmm —musitó—. ¿Te ha dicho alguien que asustas? —estaba loca, era así de sencillo. Y si sa­bía lo que era bueno para él, él mismo debería ponerse a llamar a la policía en ese instante.

Ella sonrió, se apartó y le ofreció una vista des­pejada de su retaguardia. La camisa se había en­ganchado un poco en la cintura y revelaba el co­mienzo de un glúteo redondeado. Carraspeó.

—Además, ¿qué crees que diría la policía? — aportó miley con su fantástico paisaje; aunque Nick apostaba que no tenía ni idea de lo que ha­cía—. «¿Sabe quiénes eran esos hombres, señorita cyrus?» No. «¿Sabe quién querría hacerle daño, señorita cyrus?» No. Entonces cerrarán sus cua­dernos de notas y me dirán que los llame si pasa algo más —agitó la mano derecha, elevando aún más la camisa mientras se alejaba de él.

A Nick le costó un esfuerzo sobrehumano no ponerse a gemir.

miley lo miró por encima del hombro.

—A propósito —añadió—, no estás casado, ¿verdad?

—¿Casado? —graznó.

—Lo tomaré como un no —sonrió—. Bien. No querría que nadie sintiera celos por mi presencia aquí.

—¿Celos?

—Sí, ya sabes. Las esposas tienden a ponerse un poco frenéticas cuando se enteran de que otras mujeres se han quedado en el dormitorio de sus maridos.

—Sí, mmm, frenéticas. ¿A qué te refieres con eso de quedarse? ¿Qué... aquí?

—Sí —frunció el ceño—. ¿En qué otro sitio iba a quedarme mientras uno de esos tipos desa­gradables siga en mi suite? —no le dio tiempo para preguntarle nada más. Agitó los dedos y de­sapareció en el dormitorio—. Buenas noches,nick. Oh, y gracias otra vez —cerró la puerta.

Nick permaneció allí sentado largo rato con la vista clavada en la puerta blanca, mientras trataba de convencerse de que lo que acababa de suce­der había pasado de verdad. ¿Lo había dejado fue­ra de su propia habitación? Movió despacio la ca­beza. Era una locura. De hecho, nada de lo acontecido esa noche tenía mucho sentido.

La llamada a la policía cobraba un renovado atractivo.

Se puso de pie, en cinco pasos se plantó ante la puerta del dormitorio y la abrió.

—Creo que tú y yo necesitamos...

Tumbada boca arriba, con los labios ligera­mente abiertos, una sexy miley cyrus estaba profundamente dormida en el sitio exacto que había ocupado la primera vez que se vieron. Despacio se acercó a la cama. La sábana superior es­taba arrugada en torno a sus rodillas. Cruzó los brazos y suspiró. Luego alargó la mano para arre­glarle la sábana. Pero algo captó su atención. De­bía haberse movido para encontrar un punto que le resultara cómodo, porque la camisa se le había subido. El bajo le rozaba la parte superior de los muslos a solo unos centímetros de la zona que lo había vuelto loco desde que ella se la había tapa­do. Pudo imaginar los rizos bajo la tela suave. Tragó saliva.

Había algo decididamente decadente en estar ahí de pie, mirándola sin que ella lo supiera. Ima­ginando la piel húmeda y encendida oculta bajo el algodón.

«Contrólate», se dijo.

Movió la cabeza y giró hacia la puerta y el sofá que lo esperaba en la otra habitación. De pronto se detuvo. Miley estaba en un extremo de la cama. Eso dejaba libre tres cuartas partes del col­chón tamaño gigante. Se pasó una mano por el pelo. Los dos eran adultos. Desde luego, eran ca­paces de compartir una cama sin que el sexo fue­ra un factor determinante. Había espacio de so­bra. Ni siquiera se tocarían. A menos, claro está, que así lo desearan.

Ella se movió, se puso de costado y dobló una pierna. El movimiento hizo que la camisa se ten­sara sobre su bonito trasero.

¿Sin que el sexo fuera un factor determinante? Y un cuerno.
Abandonó la habitación y cerró con suavidad a sus espaldas.

HAPPY BIRTHDAY SARI.

SIS HAPPY HAPPY BIRTHDAY .
SORRY POR NO HABERLO SUBIDO AYER :(
TE QUIERO UN MONTÓN Y ESPERO QUE LA HAYAS PASADO SUPER.


sábado, 6 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATION CAP 5

Sonrió. Le gustaba. Era un nombre sencillo y cotidiano, pero él distaba mucho de ser el Nick tí­pico.

Lo observó mientras recogía unos vaqueros de una silla y se los ponía, haciendo que ella tragara saliva.

—Bien —dijo—. Tal como yo lo veo, dispone­mos de dos opciones —la sonrisa que exhibió hizo que ella sintiera un nudo en el estómago—. O volvemos a meternos otra vez en la cama...

A miley le costó creer que la idea le resultara muy, muy tentadora, a pesar de que no lo conocía de nada.

—¿Y la segunda?

Nick se mesó el pelo revuelto y se encogió de hombros.

—Me cuentas qué está pasando.



Una hora más tarde, nick estaba sentado a la mesa del salón frente a una hambrienta miley cyrus, investigadora privada, intentando no pen­sar que bajo la camisa que llevaba, su camisa, no había más que una piel perfecta. Se sentaba con una rodilla levantada contra el pecho, haciendo que él se preguntara cómo sería la vista por deba­jo de la mesa mientras ella se llevaba otra patata frita a la boca. Parte del trato que habían estable­cido involucraba pedir algo para cenar, y solo des­pués le contaría lo que Nick quería oír.

—No puedo creer lo hambrienta que estoy — dijo ella, mordiendo una hamburguesa del tama­ño de un plato y lamiéndose un poco de ketchup que le había quedado en la comisura de los la­bios—. Cuando antes volví a mi habitación no po­día pensar en comida. Es asombroso lo que consi­gue un poco de acción, ¿eh?

Nick se irguió. Deseó que se refiriera al tipo de acción que a él le interesaba. La visión de la pe­queña lengua rosada limpiándose los labios estu­vo a punto de ser su perdición.

—Sí, supongo que huir de hombres armados te hace eso.

Miley dejó de masticar y lo miró. Y él se dio cuenta de que ella disfrutaba de la situación. No de su compañía ni de lo que había sucedido en­tre los dos, sino de ser perseguida por unos pisto­leros... uno de los cuales aún podía seguir aposta­do en la habitación de ella, siempre que creyera la historia que le había contado.

—Supongo —confirmó ella moviendo la ham­burguesa—. Lo gracioso es que no tengo ni idea de quiénes son o qué buscan, aun cuando sé que deben estar involucrados en el caso de la persona desaparecida en el que trabajo, pero si tengo en cuenta todos los callejones sin salida con que me topé hoy...

Nick supuso que disponía de unos cinco minu­tos antes de que ella se quedara sin resuello y es­perara una respuesta. Se echó para atrás y cruzó los brazos para disfrutar de observarla. Jamás ha­bía visto a una mujer comer y hablar al mismo tiempo. Su madre se habría mostrado absoluta­mente horrorizada. Su padre probablemente ha­bría emitido uno de sus típicos sonidos de desa­probación. Pero en lo único que podía pensar Nick era en lo sexy que era esa acción. Si encaraba la comida y la conversación con tanto vigor y pa­sión; no quería ni imaginarse cómo podría ser en la cama. Famélica. Insaciable.

Se frotó la barbilla con el dedo índice. No ter­minaba de descubrir qué había en miley cyrus que capturaba su atención. Los botones superio­res de la camisa habían quedado desabotonados, y cuando se inclinó para tomar una patata de su plato intacto, la camisa se abrió y reveló una ge­nerosa extensión de piel. Casi gimió al recordar lo que había sentido al tener esos pechos re­dondos pegados a su torso.

Empezó a toser y alargó la mano hacia el vaso de agua para descubrir que ella ya se lo había be­bido.

—Lo siento —se disculpó. Le extendió su re­fresco—. Supongo que también tenía sed.

Él también, pero no iba a manifestar en voz alta de qué. Se tragó el resto del refresco y alargó el vaso. Ella entrecerró los ojos y lo aceptó.

—Bueno, eso es todo. Ya sabes lo mismo que yo.

Nick se reclinó en la silla. Había pasado comple­tamente por alto las pistas que solían dar las mu­jeres cuando se acercaban al final de sus monólo­gos. Lo cual lo dejaba con la guardia baja.

—Bueno, es... interesante.

—Estimulante —dijo ella con un brillo en los ojos—. Al menos después dé la parte del baño.

—Hmmm. El baño.

Miley rió y Nick tuvo la clara impresión de que se reía de él.

—No has oído ni una sola palabra, ¿verdad?

Él enarcó las cejas. Por lo general las mujeres se ofendían cuando no se les prestaba atención. Ella parecía divertida. Se rascó la cabeza.

—Claro que sí. Oí cada palabra —sintió que necesitaba realizar las objeciones simbólicas.

Ella apartó el plato y apoyó los codos en la mesa, luego cruzó los brazos.

—Entonces repíteme lo que dije.

Era algo a lo que estaba acostumbrado. Solo tenía que elegir unas pocas palabras que había re­cogido durante la última media hora y la conven­cería de que había escuchado.

—Está la persona desaparecida... el baño... los pistoleros.

—¿Y? —frunció los labios.

—Y —lo sorprendió su propia carcajada—. De acuerdo, tienes razón, no escuchaba.

—No pasa nada —miley agitó una mano—. No creo que fuera muy coherente. Probablemen­te no lo sea hasta que averigüe quiénes eran esos tipos y qué querían —miró a derecha e izquierda, luego se adelantó para escrutar el dormitorio—. ¿Ya son casi las dos? —comenzó a levantarse, pero él la aferró por la muñeca.

viernes, 5 de agosto de 2011

PRIVATE INVESTIGATION CAP 4

miley se asomó por la mirilla de la puerta. Dos de los tres pistoleros salieron de la habita­ción que había ocupado ella y luego marcharon por el pasillo. Faltaba uno de sus camaradas. ¿Se habría quedado en la suite por si ella regresaba? Se sobresaltó cuando los dos parecieron mirarla directamente antes de meterse en el ascensor.

Se volvió con las palmas apoyadas contra la puerta. El único problema era que la vista nueva ofrecía a otro hombre desconocido que también la agitaba. Aunque por motivos diferentes.

Al estudiarlo desde la puerta abierta del dor­mitorio, lo vio tumbado de costado sobre las sá­banas blancas, apoyado en un codo. Sintió como si el corazón pudiera salírsele del pecho. Cuando formuló el plan en la bañera, no había pensado más allá de salir de su habitación. Permaneció oculta bajo las burbujas el tiempo que pudo y evitó la inspección del agua con lo que parecía un silenciador, pero en cuanto los hombres aban­donaron su cuarto de baño y estuvieron en el sa­lón, había salido de la bañera e ido directamente hacia las puertas de la terraza. Desde luego, no se había detenido a considerar que estaba desnuda o que su habitación se hallaba en la segunda planta. Simplemente había calculado que la dis­tancia que la separaba de la terraza de su vecino era de unos sesenta centímetros y actuado.

Tragó saliva. Supuso que debería estar conten­ta de que su vecino no fuera un vendedor de me­diana edad y regordete. Pero no estaba convenci­da de que ese hombre fuera mejor. Tenía el pelo negro  y ondulado revuelto y un atractivo remolino sobre la frente que le daba un aire aún más devasta­dor. Ojos cafés  y unas pestañas oscuras. Sabía tanto por confirmación visual como por contacto, que todo ese cuerpo era puro músculo y fibra. Y era... largo. Cuando se puso a horcajadas sobre él, había necesitado esti­rarse para llegar hasta la boca y darle un beso con el fin de evitar que reaccionara cuando los pistoleros aparecieron en la puerta. Bueno, al me nos había evitado que reaccionara ante ellos. Con ella... había sido un anfitrión solícito.

Se dio cuenta de que aún respiraba entrecorta­damente y luchó por controlarse. El problema no era que ese hombre fuera atractivo. Sino que a pesar del aprieto en el que se hallaba, durante un momento ella había disfrutado del beso. Había es­tado a punto de devorarlo, cuando un simple contacto de los labios habría bastado.

De hecho, había necesitado la sorpresa de sen­tir lo completa que era la reacción de él a través de los calzoncillos para apartarse.

Nunca en la vida se había mostrado más des­vergonzada. No importaba que tres hombres ar­mados fueran el motivo. Ellos no explicaban el genuino deseo que la había invadido al yacer so­bre un hombre encendido y anónimo en la habi­tación a oscuras de un hotel.

—Yo, eh, lo que quiero decir... —tartamudeó, sin saber qué decirle una vez pasado el peligro inmediato. Puso los ojos en blanco. «Eres investi­gadora privada, por el amor del cielo. Una mujer independiente al mando de su propio destino». Soltó el aire—. Gracias —ofreció al final.

Parpadeó al ver que él apartaba, las sábanas para revelar la otra mitad del colchón.

—¿No crees que deberías brindarme la opor­tunidad de ofrecerte algo por lo que darme las gracias?

Miley lo miró como Si se hubiera vuelto loco. Luego la evaluación sugestiva y llena de calor a que la sometió hizo que su mente vibrara con un hecho innegable: seguía desnuda.

—Oh, Dios mío —cruzó un brazo sobre los pechos y la otra mano sobre... Santo cielo. No es que fuera excesivamente recatada. Su madre siempre había tenido que recordarle que cruzara las piernas cuando llevaba falda. Pero eso no en­cajaba en la misma categoría. Miró a ambos lados en busca de algo que ponerse. En contra de su mejor juicio, entró en el dormitorio. El armario se hallaba entreabierto.

—Vaya, la parte trasera es tan asombrosa como la delantera.

Miley se volvió ligeramente para ofrecerle una vista de costado. Situó la pierna en una posi­ción incómoda para que no se viera nada, alargó el brazo y sacó una camisa azul del colgador. Ne­cesitó cierto malabarismo, pero, aún de espaldas a él, al final logró enfundársela con lo que espera­ba que fuera un mínimo de dignidad. Al menos hasta que se dio cuenta de que el espejo de la puerta del armario le proporcionaba al hombre que tenía detrás una vista completa de la pechera abierta de la camisa. Y a juzgar por la sonrisa de él, disfrutaba en grande.

Aunque se preguntó qué hombre no se asom­braría de que una mujer desconocida y desnuda se metiera en la cama de su habitación de hotel en plena noche. Con dedos temblorosos se aboto­nó la camisa. No quería saberlo. Lo que de verdad importaba era que sin duda sería como el resto de hombres con los que había salido.

Pero tampoco podía culparlo. ¿Qué otra cosa iba a hacer al ver a una mujer desnuda entre sus sábanas? ¿Echarla?

Cruzó hacia la cama y notó que la sonrisa de él se ampliaba. Tiró de la sábana mientras él le ha­cía sitio. Miley sonrió y alargó la mano hacia su entrepierna.

—Eso está mejor —confirmó él, palmeando la cama.

Retiró la nueve milímetros de debajo de la sá­bana y la sopesó. Experimentó gratificación al ver que de la cara de él desaparecía todo rastro de di­versión.

—Vaya —con gesto cómico, nick levantó las manos—. No olvides que fuiste tú quien se metió en mi cama.

Miley sonrió y se sentó en el borde del colchón.

—Sí. Y menos mal que estás acostumbrado a esas situaciones, ¿verdad? De lo contrario, puede que ninguno de los dos estuviera aquí.

Ella nunca creyó que vería a una persona mo­verse con tanta celeridad. Un minuto él estaba re­clinado con el aspecto de ser la viva imagen de la tentación, y al siguiente se hallaba de pie junto a la cama, sujetando la sábana al pecho como si acabaran de violarlo.

—A ver si me aclaro —dijo—. Tú no eres un... obsequio de mis colegas.

Miley enarcó las cejas y limpió la pistola ni­quelada con la sábana.

—¿Recibes a menudo regalos de esta naturaleza?

—Jamás.

—No, no soy un regalo de tus colegas. Y tam­poco soy la camarera que quiere hacer la cama contigo dentro. Ni el servicio de habitaciones con el fin de redefinir ese término —movió la pistola—. No te preocupes, apreté el botón equi­vocado y el cargador se cayó en la bañera —de­positó el arma en la mesita de noche, luego se in­clinó con la mano extendida—. Hola. Soy miley cyrus , investigadora privada.

Siempre había anhelado decir eso, y más con alguien tan receptivo como él. Así como las per­sonas con las que se había encontrado durante todo el día se habían afanado en que no descu­briera lo que perseguía, ese hombre había desea­do brindarle todo lo que andaba buscando. «Todo lo que no estoy buscando», corrigió.

Experimentó un escalofrío agradable al recor­dar la textura de la lengua en contacto con la suya, del vello del torso ancho excitándole los pe­zones endurecidos. Debía concederle que hacía tiempo que nadie le provocaba ese placer.

Lo observó en busca de una reacción. Y cuan­do la mostró, de inmediato deseó recuperar la otra faceta que él había mostrado. Esa... bueno, el destello divertido en sus ojos azules le advirtió de que se preparara.

—Investigadora privada, ¿eh?

Tal como miley había pensado. Terminó de abotonarse la camisa prestada.

—¿Tienes algún nombre? —preguntó.

—Mmm.

—¿Vas a compartirlo conmigo? —le dedicó una mirada de refilón.

—Depende —soltó la sábana, abrió más las piernas y plantó los puños en las caderas. Para un tipo con solo unos escuetos calzoncillos encima, lograba parecer el hombre más sexy del mundo.

—¿De qué?

—De si hay o no hay un equipo de filmación listo para entrar por esa puerta y anunciar que se trata de una broma.

—Ya me gustaría a mí —musitó miley, luego señaló la puerta de entrada con el dedo pulgar—. Por favor, ve a comprobarlo.

Él se quedó quieto un segundo, luego fue ha­cia la otra habitación.

Hablando de traseros magníficos. Tenía unos glúteos en los que una chica podía clavar los dedos. Y unos muslos que insinuaban un nivel de re­sistencia superior a lo que ella conocía. Se asomó por la mirilla y se volvió, captando la dirección que había seguido su mirada. Miley apartó la vis­ta con rapidez y alargó la mano hacia la mesita de noche, donde había una cartera. La abrió.

—Nicholas jonas miller—cerró la cartera de piel y la devolvió a su sitio—. Encantada de conocerte nicholas.

—nick.

Sonrió. Le gustaba. Era un nombre sencillo y cotidiano, pero él distaba mucho de ser el Nick tí­pico.